Feed de
Posts
Comentarios

La decisión de analizarse o no analizarse es personal, pero es bueno contar con cierta información antes de tomar la decisión de hacer una terapia o no.

Hay dos aspectos muy importantes a tener en cuenta:

  • No todas las personas se siente a gusto analizándose, ni todas las terapias son útiles para todas las personas.
  • No todos los profesionales de la salud mental pueden ayudar a todos los pacientes a resolver sus problemas.

En primer lugar, no todas las personas están de acuerdo con hacer terapia, consultar a un psicólogo o psiquiatra, analizarse, etc. Algunas personas prefieren acudir a grupos de apoyo, leer libros de auto-ayuda, recurrir a la religión (confesarse o conversar con un cura, rabino, etc.), o conversar con un amigo de confianza o con alguien que haya vivido experiencias similares.

Otras personas sí prefieren hacer alguna terapia que les ayude a analizar y resolver sus problemas. Y en este caso, lo importante a tener en cuenta, es que hay distintos tipos de análisis. Básicamente, hay médicos psiquiatras, médicos psicoanalistas, licenciados en psicologías y también hay especialistas en terapias alternativas como los “coach” de vida.

El médico psiquiatra y el médico psicoanalista, esencialmente, son médicos. Esto significa que, muchas veces, tratan a sus pacientes como un todo: mente y cuerpo.  A veces ocurre que una persona sufre de depresión y no se debe a una causa emocional, sino a un problema de salud físico (deficiencia de serotonina, por ejemplo). La serotonina es un neurotransmisor que fabrica nuestro cuerpo y la falta de este neurotransmisor puede producir una gran variedad de síntomas, como depresión, ansiedad, irritabilidad, pánico, problemas de sueño, entre otros.   En este sentido, el médico psiquiatra y el médico psicoanalista, no sólo se ocupan de la salud mental de un paciente, sino que también tienen en cuenta su salud física.

Por otro lado, tenemos a los licenciados en psicología o psicólogos. Y dentro de la psicología, hay muchas escuelas o corrientes diferentes, entre ellas el psicoanálisis (los psicoanalistas pueden ser tanto médicos como licenciados en psicología),  la terapia sistémica, gestalt, análisis transaccional, etc.  Hay muchas maneras diferentes de abordar una terapia, desde la psicología.

Hasta hace algunos años, los médicos psiquiatras se ocupaban de las enfermedades de salud mental como la esquizofrenia, la parafrenia, la paranoia, las psicosis en general, las fobias, etc.  Y podían medicar a sus pacientes. Mientras que los psicólogos se dedicaban más a tratar pacientes con trastornos como la depresión, la ansiedad, el trastorno obsesivo-compulsivo, los bloqueos emocionales, etc. Y no podían prescribir medicación a sus pacientes (ahora, en algunos países, los psicólogos ya están habilitados para medicar a sus pacientes).

Con esta descripción de los tipos de terapias que existen y los distintos profesionales del campo de la salud mental, las posibilidades de elegir son muchas y muy diversas. Pero lo más importante es sentirse a gusto con el terapeuta y con el tipo de terapia que se va a hacer. Es importante que el terapeuta brinde un espacio de confianza y comprensión, donde el paciente se sienta contenido y respetado.  Y como ocurre en todas las profesiones, hay profesionales buenos e idóneos, con experiencia, y profesionales que no son tan buenos o tan idóneos o que, simplemente, no tienen la experiencia suficiente.

Un buen profesional no le crea al paciente dependencia con su terapia. Tampoco le “lava el cerebro” para que ese paciente salga a pelearse con todo el mundo en defensa de lo que el terapeuta opina. El buen profesional es aquél que nos ayuda a enfrentar nuestros problemas, conteniéndonos, y nos ayuda a encontrar la manera de resolverlos. Es también, quien nos ayuda a hacer crecer nuestra autoestima de manera sólida y constante.

Los profesionales que no son buenos crean dependencia, hacen que sus pacientes se sientan inferiores a ellos o incapaces de resolver sus problemas, o bien, les dicen a sus pacientes que todo lo que hacen y piensan es correcto y le crean una falsa sensación de bienestar y felicidad.

Las posturas extremistas (todo está mal o todo está bien) no son realistas. En la vida de cualquier ser humano, hay momentos buenos y momentos malos, alegrías y tristezas, logros y frustraciones, amor y dolor, y cosas que funcionan muy bien y otras que no funcionan, lo normal es vivir en un equilibrio que no es estático, sino dinámico.

Así, encontraremos que algunas veces estamos en perfecta armonía, con nosotros mismos, con los demás, con el entorno, y otras veces no, estamos menos equilibrados o más equilibrados. Lo importante es no caer en un lugar muy negativo (depresión) ni en un lugar excesivamente positivo (manía).

La neurosis maníaco-depresiva (hoy también llamada trastorno bipolar) habla precisamente de un desequilibrio en el que la persona pasa por periodos en los que todo está exageradamente mal y luego por periodos en los que todo está exageradamente bien. Lo normal es el equilibrio. Y como explicamos antes, algunos trastornos de salud mental requieren medicación como parte del tratamiento y otros no.

Por todo esto, es importante saber que existen distintos tipos de terapias y -ya fuera de las terapias- existen distintos tipos de ayuda o de recursos que una persona puede usar para solucionar sus problemas.

Existen distintos tipos de mentiras: las mentiras piadosas, como aquellas que se dicen para evitar un dolor o sufrimiento innecesario; las mentiras crueles, para difamar o arruinar a una persona,  o su reputación o interferir en una relación; las  mentiras blancas, las mentiras oscuras y las mentiras que son totalmente innecesarias, entre otras.

Con respecto a las mentiras innecesarias, las mismas revelan mucho más de lo que se cree sobre quienes tienen por costumbre mentir sin necesidad.  Algunas personas no se animan a expresar sus deseos o fantasías, abiertamente; quizás por temor a ser juzgados o por su propia desaprobación interior.  Y es por esta razón que estas personas suelen poner en boca de otros lo que, en realidad, ellos mismos desearían poder decir.

Por ejemplo, a una adolescente le parece buena idea que una amiga de ella conozca a otro amigo de ella. Sólo a efectos de este ejemplo, les pondremos nombres a los personajes ficticios.  Así, María tiene una amiga a la que llamaremos Laura y un amigo al que llamaremos Pedro.  María desea que Laura y Pedro se conozcan. Y entonces, les miente a ambos.

Le dice a Pedro que a Laura le gustaría mucho conocerlo, y le dice a Laura que Pedro desea conocerla, pero con la condición de que no haga comentarios feministas porque él no tolera que se critique su condición de hombre.

Laura, sin advertir que el encuentro está siendo programado por María, accede aunque le resulta extraño que si Pedro, realmente desea conocerla, ya imponga condiciones desde antes de conocerse.  Por otra parte, Pedro también accede a conocer a la amiga de María, pero sólo por no desairar a María y no porque tenga interés alguno en conocer a Laura.

María coordina el encuentro diciendo que Pedro ha decidido invitar a ambas adolescentes al cine y que se encontrarán en casa de María.  Cuando Laura llega a casa de María, ésta le dice que Pedro cambió de opinión y que finalmente van a comer unas pizzas con cerveza en su casa y mirar alguna película por TV.

Cuando Pedro llega, María presenta a sus amigos y Laura, por educación, curiosidad o mera simpatía, le dice a Pedro: “Bueno, querías conocerme y finalmente aquí me tienes, pero no entendí por qué pusiste condiciones”.  Pedro, sorprendido, responde: “No, no. Debe haber una confusión. Yo tenía entendido que eras tú quien deseaba conocerme a mí”.

Ambos se disgustan con María porque, claramente, ni a Pedro ni a Laura les agrada que los engañen y los tomen por tontos, ya que ninguno de ellos tenía ningún interés particular de conocer al otro.

Este ejemplo nos enseña muchas cosas: en primer lugar, nos enseña que las mentiras suelen tener patas cortas y basta con confrontar lo que una persona dice con la realidad, para determinar si nos ha mentido o no.  Normalmente, a las personas psicológicamente sanas no les divierte que les mientan o las engañen.  Cuando una persona le miente a otra, o la engaña para conseguir lo que desea, implícitamente está tomando a esa persona por tonta.

En el ejemplo anterior, María deseaba que sus amigos Pedro y Laura se conocieran y los engañó a ambos para conseguir lo que ELLA quería: les mintió, los tomó por tontos.

La patología de María abarca desde la manipulación a través de mentiras innecesarias y engaños para conseguir lo que desea y no se anima a expresar, hasta las relaciones triangulares.  Para ello se vale de distintas tácticas de manipulación, como decirles a sus amigos que ambos desean conocerse, cuando en realidad eso es mentira, ya que es María quien desea que puedan reunirse los tres en su casa, y también se vale de la buena educación y la ausencia de malicia de sus amigos, quienes acceden sólo para no desairar a María. Y aquí es donde el engaño de María da resultado.

María pone en otros lo que ella desea interiormente. Siempre tuvo problemas con triángulos afectivos, ya fuere dentro de su familia, entre sus amistades o en sus relaciones de pareja. Su patología siempre fueron los triángulos.  Además, es una persona con una enorme necesidad de aprobación externa y para conseguirla recurre a las mentiras y el engaño.  Ella desea reunir a personas que no tienen interés en reunirse o conocerse, pero está dispuesta a manipular el carácter bondadoso y los buenos modales de sus amigos para conseguir lo que ella quiere.

Existen muchas personas manipuladoras, que engañan a otras y creen que sus mentiras nunca serán descubiertas.  Son personas que no tienen agallas para ser frontalmente honestos y pedir lo que desean, por eso mienten y engañan a los demás.  Son personas sumamente dependientes de la aprobación externa porque internamente no se aprueban a sí mismas.  Son, también, personas muy inmaduras emocionalmente, ya que al igual que los niños, no se sienten cómodos con un “NO” como respuesta.  En el fondo, estas personas saben que si piden las cosas de frente y sin manipulaciones, posiblemente, la respuesta que reciban sea NO.

En el ejemplo de María, Laura y Pedro, es muy probable que María sepa que si dice, sinceramente, que a ELLA le gustaría que Laura y Pedro se conocieran, ellos le dirían que no tienen interés en conocerse. Por eso María recurre al engaño. Para no ver frustrado su deseo de reunirse los tres en su casa.

Las personas manipuladoras y mitómanas suelen presentar estas características egoístas que no se ven a simple vista.  A María no le importa si Pedro y Laura desean conocerse o si van a hacer un sacrificio para no herirla a ella.  María sólo busca satisfacer su deseo y su objetivo personal, y recurre al engaño y a la manipulación, sin tener en cuenta cómo se sentirán sus amigos cuando descubran que han sido tomados por tontos y que han caído en la patología triangular de María.

Tarde o temprano, la verdad siempre sale a la luz y las personas, psicológicamente sanas, no son tontas. Acaban por comprender que han sido engañadas y manipuladas, lo que hace que dejen de confiar en quien los manipuló.

Pero, las personas que acostumbran a mentir, engañar y manipular a otros para conseguir lo que desean, no terminan de comprender por qué los demás dejan de confiar en ellas. Para estas personas, la mentira y el engaño cotidianos son algo normal y natural. No logran comprender el daño que causan, cómo sus mentiras innecesarias afectan sus relaciones interpersonales, dentro de la familia, con amigos, con compañeros de trabajo, etc.

Estas mentiras innecesarias, que parecen inofensivas a simple vista, son como la punta de un iceberg: esconden mucho más por debajo de la superficie.  Suelen conformar un patrón de conducta que se pasa inconscientemente, de una generación a otra.  Así, por lo general, las personas que mienten innecesariamente, aún en las cosas más pequeñas, han tenido padres con características similares (uno de los padres o ambos) y también, es muy posible que alguno de sus  hijos (o varios) también hereden o copien este patrón de conducta.

Las personas mitómanas y manipuladoras, mienten y manipulan naturalmente. Para ellas, mentir y manipular es tan normal que ni siquiera advierten que lo hacen.

Si tiene dudas, confronte lo que le dicen con la realidad. Las mentiras no duran mucho ni conducen a ningún lado.

Límites a tiempo

Con frecuencia nos preguntamos si debemos perdonar y tolerar una conducta o no. Si ya hemos soportado cierto tipo de conductas muchas veces y no deseamos continuar soportándolas o si debemos ser más flexibles y ampliar nuestra capacidad de perdonar y nuestro rango de tolerancia.

Lo cierto es que la vida consiste en mantener un equilibrio saludable, sin caer en los extremos. No es saludable ser implacable y no perdonar nunca nada a nadie, ya que nosotros también somos humanos, cometemos errores como cualquier persona y a veces, necesitamos ser perdonados también.  Tampoco es saludable ser hiperflexible, hipertolerante, perdonar siempre todo a todos.

Hay personas que temen poner límites por varias razones: no desean ser el “malo” de la película; quieren quedar bien con todo el mundo, en todo momento; necesitan aprobación y aceptación de los demás y temen no ser aceptados si ponen límites; y en muchos casos, el enemigo más implacable es aquél que cada uno lleva adentro: la autocrítica y la incomodidad que conlleva poner límites.

Hay personas que buscan ser excelentes personas en todo momento y no desean ser vistas como “intolerantes” o “inflexibles” a causa de poner límites. Pero también están aquellas personas que se critican duramente a sí mismas y no se perdonan a sí mismas si les ponen límites a los demás.

Poner un límite significa comunicarle a otra persona: Hasta aquí te permito avanzar y más allá, no.  Poner límites, decir NO, son conductas que conllevan cierta responsabilidad, y hay personas que no se sienten a gusto cargando con la responsabilidad de poner un límite.  En el caso de la relación entre padres e hijos, es muy común que a los padres les cueste poner límites. No sólo porque es más difícil, emocionalmente, ponerle un límite a un ser querido que a un desconocido, sino también porque los niños tienden a responder cosas como: “Ya no me quieres más”.   Esto es porque los niños no comprenden que los límites que los padres les ponen son para beneficios de ellos (los niños) y de todos, en general.

Un niño que aprende a crecer sin límites creerá que puede ir por la vida haciendo lo que quiere sin ningún tipo de castigo cuando su conducta no sea la adecuada. La falta de límites hace que los niños no logren discernir qué está bien y qué está mal, cuál es una conducta adecuada y cuál no la es. Y en general, los niños tienden a probar hasta dónde pueden llegar sin ser “frenados” a tiempo. Cuando ese freno o límite no existe, en la vida adulta actuarán igual que cuando eran niños y nadie ni nada les impedía hacer lo que querían.

Asimismo, también hay adultos que piden que alguien les ponga un límite. De hecho, las conductas que no son adecuadas ni aceptadas en la sociedad, como robar, estafar, matar, agredir con violencia a otras personas, son conductas que están penadas por la ley. Una persona que estafa, roba, agrede físicamente o mata a otra, es enjuiciada y encarcelada.

Con respecto a las agresiones verbales, a la violencia emocional, también hay personas adultas, adolescentes y niños, que piden límites constantemente. Y a su vez, hay personas que toleran este tipo de conductas y no ponen límites por temor a ser juzgados como “villanos” por temor a no ser aceptados o amados por los agresores, y también por temor a su propia crítica interna.

Poner límites a tiempo salva una relación. Ya sea una relación de pareja, una relación de padre-hijo, una relación laboral, una amistad, etc. Cuando no ponemos límites a tiempo, estamos comunicando un mensaje importante: “Puedes faltarme el respeto, y no haré nada acerca de esto”, “Puedes agredirme y lo toleraré”.

Cuando una persona tiene una conducta inadecuada, esté dirigida hacia nosotros o no, es importante poner un límite, hacerle comprender a esa persona que esa conducta no es adecuada, y esto no implica, necesariamente, que uno deba terminar con una relación, pelearse con una persona o reprenderla de modo exagerado. Pero sí es importante poder comunicar ese límite a tiempo, antes que una situación se agrave o que una conducta inapropiada se vuelva costumbre.


Con frecuencia, nos preguntamos por qué las personas no valoran a quienes les aman sanamente y, en cambio, valoran a aquellas personas que les hacen daño, les causan dolor y penas o les manipulan.

Esencialmente, muchos damos por sentado el amor que nos deben nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos, o nuestras parejas.  Es como si ese amor saludable, sincero, no tuviera valor por ser considerado un hecho que implícitamente se da por seguro.  No ocurre lo mismo con los sentimientos distorsionados de las personas incapaces de amar sanamente, y lo hacen a través de manipulaciones.  Estas personas suelen establecer lazos afectivos a través de la lástima, apelando a los buenos sentimientos de compasión humana de los demás, o bien, a través de exigencias y demandas constantes de características despóticas.

Las personas acostumbradas a recibir buen amor y quienes dan por hecho que siempre que lo recibirán, no sólo no valoran a quienes les aman bien, sino que añoran, de alguna manera, aquello que inconscientemente reconocen como algo que nunca podrán conseguir: un amor sano de una persona que no está psicólogicamente sana.

Contrariamente a lo que algunos profesionales de la salud mental piensan, a las personas no les gusta sufrir.  No eligen valorar a quienes les manipulan hábilmente o a quienes les causan sufrimientos.  Eligen valorar algo inexistente en el afán de que la ilusión se vuelva real y existente.

Aquello que ya tienen, y muchas veces al alcance de la mano, como el amor saludable de gente que los quiere bien, es algo que pasa desapercibido y se vuelve como invisible, aunque lo tengan frente a sus narices.  Lo que no se tiene, vale decir, lo que se desea y se añora, pero realmente no se tiene, es lo que se valora como si fuera real, aún cuando no lo sea.

Es la necesidad de creer que una persona hábilmente manipuladora, no lo es.  Es la necesidad de convencerse que quienes no son psicológicamente saludables, sí lo son.  Es la necesidad de valorar algo hipotético, que nos gustaría que fuera de una manera diferente de la que es.

Vemos muchas personas que nunca logran valorar, verdaderamente, a quienes les aman bien y quienes darían lo que fuera por verlos felices. En cambio, valoran a quienes les usan, a quienes les hacen creer que cualquier cosa con el sólo propósito de manipularlos y conseguir lo que quieren.

Hay padres que no valoran a los hijos ejemplares y sí valoran a quienes les traen todo tipo de problemas. Hay hijos que no valoran a los padres que hacen enormes sacrificios para ciudar que ellos siempre estén bien y triunfen en la vida, pero sí valoran a aquellos padres que nunca les han dado nada y les viven pidiendo favores.

Hay personas que no valoran a sus parejas, que les brindan amor sin pedir nada a cambio, pero sí valoran a quienes todo lo exigen y nada lo dan. Y sin importar cuánto intente uno en hacerles ver su error, es tan grande el deseo de tener aquello que se añora y no se tiene, que se valora la ilusión y la esperanza de algo que no es, versus lo que ya se tiene y es real.

Estamos a fin de año y con las fiestas todos hacemos un repaso de lo vivido, un balance, sacamos nuestras conclusiones y nos proponemos nuevas metas para el año entrante. Propongámonos valorar aquello que no valoramos y que damos por hecho, en lugar de valorar las ilusiones que tanto añoramos.

¡Que el 2013 sea un excelente año para todos!

Acostumbrados al maltrato

Uno de los artículos sobre abusadores más relevantes es el artículo del Dr. Carver llamado El Amor y el Síndrome de Estocolmo – El Misterio de Amar a un Abusador

Brevemente, el Síndrome de Estocolmo hace referencia al siguiente hecho ocurrido en la vida real: el 23 de agosto de 1973, dos delincuentes armados con ametralladoras ingresaron en un banco de Estocolmo, Suecia.  Esgrimiendo su arma, un presidiario fugitivo llamado Jan-Erik Olsson les anunció a los aterrorizados empleados del banco: “¡La fiesta acaba de comenzar!” Los dos ladrones de banco mantuvieron cautivos a cuatro rehenes (tres mujeres y un hombre) durante las siguientes 131 horas.  Los rehenes fueron atados con cartuchos de dinamita en su cuerpo y mantenidos en la bóveda del banco hasta que, finalmente, fueron rescatados el 28 de agosto.

Luego de su rescate, los rehenes exhibieron una actitud sorprendente; tendiendo en cuenta que fueron amenazados, abusados y que temieron por sus vidas durante cinco días.  En las entrevistas con los medios de comunicación, quedó claro que apoyaban a sus captores y, de hecho, les temían a los agentes policiales que acudieron a su rescate. Los rehenes habían comenzado a creer que sus captores estaban, en realidad, protegiéndolos de la policía.  Tiempo después, una de las mujeres se involucró con uno de los delincuentes y otra estableció un fondo de defensa legal para ayudar a los criminales con sus gastos de defensoría.  Claramente, los rehenes habían establecido un “vínculo” emocional con sus captores.

Aunque el trastorno psicológico que se produce en las situaciones de la toma de rehenes comenzó a conocerse como el “Síndrome de Estocolmo”, debido a la publicidad de los medios, el “vínculo” emocional con los captores era un tema familiar en el campo de la psicología.

Ya había sido reconocido muchos años antes, y se había hallado en otros estudios de situaciones con rehenes, prisioneros o relaciones abusivas, tales como:

• El abuso infantil
• Las mujeres golpeadas o abusadas
• Los prisioneros de guerra
• Los miembros de un culto
• Las víctima de incesto
• Las situaciones de toma de rehenes por parte de delincuentes
• Los prisioneros de campos de concentración
• Las relaciones intimidantes o controladoras

El Síndrome de Estocolmo (SS) también puede encontrarse en las relaciones familiares, románticas e interpersonales. El abusador puede ser el esposo o la esposa, el novio o la novia, el padre o la madre, o cualquier otra persona con un rol que le permita al abusador adoptar una posición de control o autoridad. Es importante comprender los componentes del Síndrome de Estocolmo, ya que se relacionan con las relaciones abusivas y controladoras. Una vez que se comprende el síndrome, es más fácil comprender por qué las víctimas apoyan, aman, e incluso defienden a sus abusadores o controladores.

Hoy, en los distintos ámbitos de nuestra vida nos encontramos con personas con fuertes características y típicos rasgos de personas abusadoras; y cuando se trata de los padres, estos crían a sus hijos de manera tal que los niños se acostumbran al abuso emocional permanente.

Por esta razón, no es difícil comprender que en la escuela o en la universidad, o también en un empleo, los jóvenes adultos se dejen abusar o maltratar por sus profesores o jefes.  Incluso es muy común que hasta defiendan o justifiquen la actitud abusiva de los docentes o jefes maltratadores.  Esto se debe a que estos jóvenes han sido despojados de su dignidad y de su derecho a ser respetados, desde temprana edad.

Aunque suene inverosímil, hay muchos casos de docentes o jefes (que deberían ser modelos o ejemplos de conductas positivas) que, por el contrario, constituyen un antimodelo o un modelo de conducta negativa o maltrato emocional.  Quienes tienen una autoestima alta y no permiten abusos ni atropellos, rápidamente ponen límites aunque se trate de figuras de autoridad, mientras que quienes han sido víctimas de un abuso emocional subliminal durante su infancia (casi imposible de percibir por ellos mismos), son quienes no sólo permitirán este tipo de abusos, sino también defenderán a los abusadores.

Notas anteriores »