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  • MarianBarrs

Capítulo 8. La decadencia en su máxima expresión

Updated: Apr 20

Cuando pienso en la decadencia social de algunas civilizaciones (a lo largo de la historia de la humanidad) me pregunto si fue un proceso gradual o si, de pronto, algo desató una ola de permisos desenfrenados para cometer cualquier acto de abuso de poder y si la gente, sumisa y pasivamente, eligió aceptar eso.


Creo que, en realidad, es una transición lenta. Se van aceptando algunas cositas por aquí y otras por allá, y finalmente, después de un tiempo considerable, se acaba naturalizando cualquier cosa, sea algo bueno o no.


Viendo las cosas desde afuera, lo que ocurría en esta institución, contribuía (en cierta medida) a la decadencia social general de nuestro país. El nivel de educación y cultura general había caído mucho en los últimos 30 años, más allá de todos los avances que se habían logrado. El Dr. Emmet creía que exigir mucho a los alumnos, mediante exámenes casi imposibles de aprobar, era una manera de levantar el nivel de la educación. Error enorme.


Los únicos que aprobaban su materia eran los que pasaban desapercibidos y no enfurecían al profesor Emmet o a su fiel súbdita, Pepita; o bien los alumnos que eran sus pacientes de terapia o los que tomaban clases particulares con Pepita o con otros dos docentes de la cátedra. Este último grupo, independientemente de que se dieran cuenta de la falta de ética total y absoluta del tema o les importara algo, eran los únicos que aprobaban los exámenes imposibles del Dr. Emmet, y los aprobaban con altas calificaciones.


También aprobaba alguna que otra alumna a la que el profesor Emmet le hubiera echado el ojo. En general, tenía cierta debilidad por las rubias altas y voluptuosas, salvo un par de excepciones. Ellas también aprobaban, supieran o no el tema. No se discutía más.


Que un docente, psiquiatra, tenga por pacientes a sus propios alumnos, es una falta de ética total.


Que los docentes de su cátedra, incluyendo a la novata, les den clases particulares a sus propios alumnos, y después los aprueben, tampoco es ético.


Pero, a la institución no le importaba esto. Y a los alumnos que se benefician con el arreglo, tampoco. Sólo molestaba a los perejiles que estudiaban porque tenían la intención de llevarse su título de médico sabiendo algo del tema.


Al final de día, aprobar la materia del Dr. Emmet (una de las más importantes de la carrera) no era cuestión de estudiar, era cuestión de pagar. Pagar como paciente de terapia o como alumno particular de Pepita o de otros dos docentes de la cátedra. Y el que pagaba tenía premio, of course.


(Continúa en el Capítulo 9)

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