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  • MarianBarrs

Capítulo 4. Relaciones tóxicas y algo más...

Updated: Apr 20

Mi padre solía decirme: "Salí al ruedo y brillá, pero tené cuidado con encandilar mucho a los demás". Cuando te formaste, desde la cuna, con una cabeza totalmente diferente y -para bien o para mal- te tocó vivir algunos años fuera de tu país, a veces te sentís un paria o un expatriado en tu propia tierra.


Y así me sentí yo, en distintos períodos de mi vida. Un poco ajena, un poco extraña, aun entre mi propia gente. Me formé en el concepto de que dar lo mejor de uno, ayudar a que los demás salgan adelante y hacer "lo correcto" (al menos en la medida de lo posible) siempre fueron valores importantes. Pero me tocó vivir en una época y en un lugar donde nada de eso pareciera importar. De hecho, hoy y aquí, al que se destaca tratan de pisarle la cabeza lo antes posible; el que ayuda a otros, seguro es porque quiere sacar algún beneficio; y "hacer lo correcto" es cosa de boludos.


El vivo es el que le serrucha el piso al otro, le pisa la cabeza, miente descaradamente o expone cuestiones privadas para ensuciar a otra persona, etc. Todo vale, sobre todo para la gente mediocre. Y es propio de mediocres rodearse de más mediocres. El mediocre se rodea de mitómanos y falsos aduladores, que le dirán exactamente lo que quiere oír. Se rodea también de otros individuos "mediopelo" y chantas a quienes pueda controlar. Se rodea de prepotentes, patoteros y mafiosos, que no dudan en recurrir a cualquier acto de bajeza que les aporte algún beneficio, sin importar el precio que tengan que pagar al final. Y ése fue, exactamente, el grupo de gente con el que me topé durante los últimos 2 a 3 años de la carrera.


El Dr. Emmet era un desequilibrado psiquiatra que creía (genuinamente) que psicopateando a sus alumnos y tomando duras represalias contra cualquiera que se quejara era la manera correcta de "educar y enseñar"... y esto me recordaba esa antigua frase del siglo XVIII "La letra con sangre, entra". Además, como si fuera poco, el Dr. Emmet tenía de súbdita fiel e incondicional a otra desequilibrada emocional importante, una ex alumna mitómana, que seguía sus pasos y lo imitaba en todo lo que podía. La vamos a llamar Pepita (por Pepita, la pistolera, teniendo en cuenta su naturaleza agresiva e impredecible). Pepita, además de inventarse títulos universitarios que no tenía, como un título de Licenciada en Letras, y una historia de vida la cual modificaba cada vez que la relataba, había empezado a dar clases en la facultad cuando aún no había terminado la carrera. La relación patológica entre ambos no resistía análisis; era el tipo de relación que es digna de un libro entero de toxicidad emocional y simbiosis patológica. Pero bueno, ya lo dice el refrán: "Dios lo cría y el viento los amontona..."


(Continúa en el Capítulo 5)

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