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El próximos jueves 23 de junio, a las 19 hs. se realizará un evento con charlas y videos sobre la violencia de género y el abuso emocional.

Mariana Barrancos, autora del libro “Abuso Emocional, el enemigo invisible” hablará sobre el Ciclo del Abuso Emocional, y el maltrato psicológico y el abuso verbal en los distintos ámbitos de la vida.

Este evento es para todo el público general. Se llevará a cabo en el Teatro El Victorial, de San Telmo, Piedras 720. Buenos Aires, Argentina.

Exijo respeto

Uno de los signos más comunes para detectar abusadores emocionales, es ver cómo manejan el tema del respeto. Las personas abusivas son muy demandantes y confunden respeto con atropello, arrogancia y falta de educación.

El abusador típico, suele exigir respeto. Demanda ser respetado, no sólo porque todo ser humano merece respeto, sino porque los abusadores suelen tener delirios de grandeza y atribuirse más derechos que los demás. Muchos abusadores emocionales creen, sinceramente, que deben ser respetados más, sólo porque ellos sienten que valen más que otras personas. Esto es especialmente notorio cuando un abusador emocional ocupa algún cargo jerárquico en una empresa o un cargo de poder (político, religioso, social, académico). El abusador emocional realmente cree que merece un trato mejor o superior y un respeto mayor que aquél que merecen otras personas. Generalmente, suelen ser arrogantes, usan maniobras de manipulación o intimidatorias, exigen respeto y se ofenden fácil y rápidamente cuando no son tratados como desean.

La manera más fácil de identificarlos es por su doble discurso o discurso inconsistente. Suelen exigir respeto al mismo tiempo que les faltan el respeto a los demás. Esto se debe a que creen que son mejores o más importantes que otras personas y que cualquier otro ser humano que no esté a su mismo nivel, está “por debajo” de su rango o cargo jerárquico, y por consiguiente no merece el mismo respeto que ellos.

Por ejemplo, en un ámbito laboral o académico, es natural respetar a los jefes o profesores. Pero estos no siempre respetan a los empleados o alumnos de igual manera. En la vida diaria, nos cruzamos con muchas personas que ocupan cargos jerárquicos o que tienen un cierto rango y que, socialmente, debemos respetar. Un agente de cumplimiento de la ley (policía), un juez, un árbitro deportivo. Son quienes tienen cierto poder para hacer cumplir las leyes e imponer el orden.

Pero lo cierto es que su jerarquía no les confiere, también, el poder de irrespetar a los demás. Cuando una persona es digna, bien educada y respetuosa, no necesita faltarle el respeto a otras personas al mismo tiempo que exige respeto de ellas para sentir que “vale más”. Y el abusador emocional presenta estas características. Por lo general exigirá respeto, pero no mostrará el menor signo de respeto hacia los demás, y mucho menos, de buena educación. Se ofenderá por nada. Demandará disculpas, pero nunca se tomará el trabajo de responder de un modo educado, mostrando respeto hacia otros individuos: por ejemplo, cuando el abusador emocional malinterprete algo, primero se ofenderá rápidamente exigiendo una disculpa, y luego nunca dirá gracias cuando la otra persona se disculpe, porque el abusador emocional realmente cree que está por encima de los demás y que los demás no merecen respeto como él.

Si queremos ser respetados, debemos respetar primero. Si alguien nos falta el respeto y se disculpa, debemos mostrar educación y respeto por esa persona, agradeciéndole que se haya retractado. El hecho que una persona ocupe un cargo o rango más alto que otra, no le da derecho a faltarle el respeto a otros o a creer que merece más respeto que los demás.

Los abusadores emocionales suelen poner mucho énfasis en las ofensas personales y cualquier comentario lo tergiversan y lo convierten en motivo de ofensa rápido. Cuando un abusador le exija respeto, aunque usted no lo haya ofendido, discúlpese y aléjese de esa persona tanto como pueda. Los abusadores emocionales normalmente no aceptan que los demás tengan razón. Las personas emocionalmente sanas y, sobre todo, bien educadas, sí.

En algunas situaciones, vemos cómo los adultos se comportan de un modo similar al de un niño cuando amenaza con portarse mal si los padres no ceden a sus caprichos.  Algunos adultos amenazan sutil y subliminalmente a otras personas para conseguir lo que quieren y no pueden conseguir (o no se creen capaces de conseguir) conversándolo de un modo adulto.

Así, algunos padres pueden decirles a sus hijos: “Si no ordenas tu cuarto en este mismo momento, me iré de casa, te abandonaré y no me verás nunca más”. El propósito es generar angustia o infundir temor para que el niño corra a hacer lo que le pedimos a través de una amenaza (explícita o implícita). Esto denota, claramente, una falla muy grande por parte de los padres: NO tienen control alguno sobre la situación, no pueden pedir las cosas de un modo firme, no tienen autoridad sobre sus hijos, etc.

Una profesora universitaria, por ejemplo, amenazó a sus alumnos con retirarse de la clase si estos hablaban entre sí.  Quizás este sea uno de los mayores signos y síntomas de impotencia y falta de confianza y seguridad en sí mismo que pueda presentar un docente ante una clase. Por supuesto, cuando la profesora dijo esto, no faltó el alumno iluminado que dijo: “Hablemos mucho, así se va”.

Amenazar a un grupo de alumnos, no sólo constituye un signo de debilidad por parte del profesor y su clara falta de control sobre su clase, sino también una falta de respeto hacia sí mismo, como docente y como persona, y una falta de respeto hacia sus alumnos como  estudiantes y como personas. Además, como si esto fuera poco, los alumnos de una universidad privada suelen pagar una cuota mensual considerable, por lo que no sólo son estudiantes, sino también son “clientes”.  Si un profesor amenaza con abandonar una clase o, de hecho, lo hace, cualquier alumno puede iniciarle juicio, ya que los alumnos tienen derecho de recibir educación y los profesores, obligación de brindar esa educación.

Y lo mismo suele pasar con algunos jefes que, ante una situación que no pueden controlar o no se creen capaces de controlar, recurren a diversos tipos de amenazas para lograr lo que desean. Normalmente, las políticas de Recursos Humanos y Manuales del Empleado de las empresa, suelen destacar mucho este tema: Nadie puede amenazar ni tomar represalias… etc.

Entre personas adultas sanas y en relaciones entre adultos y adolescentes o niños saludables, las amenazas no tienen cabida. Amenazar a una persona, además de ser un acto de bajeza, involucra una exposición pública de vulnerabilidad personal. El padre, el profesor o el jefe que recurre a la amenaza preventiva (…Si hacen esto, haré aquello…) son personas que exponen su talón de Aquiles a un público que no tiene el menor interés en ser amenazado, en conocer las debilidades de quien amenaza, ni les agrada que les falten el respeto de ese modo.

Amenazar es una herramienta útil para quienes tienen una autoestima muy baja, un grado de inmadurez importante, o un concepto de sí mismos bastante pobre. La persona emocionalmente saludable NO necesita amenazar a nadie para pedir y obtener lo que desea.

Así, un padre podrá decirle a sus hijos: “Una de las reglas de esta casa es que cada uno ordene su habitación. Ahora, vayan y ordenen sus habitaciones, por favor.”  O bien, un profesor podrá decir a sus alumnos: “Me molesta que hablen entre ustedes cuando doy clase, así que les pido, por favor, que sean respetuosos y guarden silencio”, etc.

Esto es difiere mucho de amenazar con diversas consecuencias. Expresar, claramente, “si no haces esto, me iré” es una muestra de debilidad que, lejos de tener un impacto positivo en los destinatarios de dicha amenaza, tiene un impacto negativo. ¿A quién le gusta que lo amenacen o lo tomen por tonto?

Si queremos ser respetados, debemos respetar a los demás. Si no gozamos de una autoestima saludable, mostraremos signos de ello en nuestra manera de relacionarnos con los demás. Para mejorar nuestra autoestima, conviene escucharnos a nosotros mismos cuando hablamos, y registrar detalladamente el impacto que tienen nuestras palabras sobre las demás personas.

Si necesitamos recurrir a las amenazas, tenemos muchas áreas de debilidad sobre las que podemos comenzar a trabajar. Cambiar no es imposible, es simplemente un proceso que requiere práctica y compromiso.

Nuestro Entorno Emocional

Más allá de los estímulos internos que generamos, nuestro entorno también tiene un impacto significativo sobre nuestras emociones. Dicho entorno no sólo está comprendido por el ambiente físico que nos rodea, sino por las emociones y reacciones de cada una de las personas que también componen nuestro entorno.

Así, en los distintos ámbitos de nuestra vida, el ámbito laboral, el académico, el familiar, el social, nuestro entorno está conformado por factores físicos y factores humanos. Todo este conjunto de factores son los que van a afectar nuestra vida diaria de un modo positivo o negativo (o neutro).

Algunos de estos factores podemos modificarlos. Si no hay buena iluminación, si la calefacción o el aire acondicionado no son suficientes, si hay mucho ruido de fondo, etc.  Sin embargo, hay otros factores que son mucho más difíciles de modificar, especialmente porque no dependen de nosotros: la personalidad, la actitud y el estado de ánimo el estado emocional de las demás personas que forman parte de nuestro entorno.

A veces sucede que estamos en una clase inaugural y el profesor se presenta de un modo informal y expone parte de su neurosis en su presentación personal. Los problemas que cada persona tiene, son propios de esa persona. No nos pertenecen. Por ejemplo, si un profesor o un jefe se presentan haciendo una lista de todas aquellas cosas que le molestan, en lo personal, está revelando una parte interesante de su personalidad. Esto, de alguna manera, condiciona a los alumnos o empleados que acaban de conocer a ese profesor o ese jefe, y los predispone de una manera específica.

Esto quiere decir que cuando una persona se presenta y “vende” una imagen personal determinada (estímulo emocional), la respuesta que generará (respuesta emocional) -normalmente- guardará una relación directa con dicho estímulo.  Si un profesor o un jefe se presenta de una manera formal, educada, respetuosa, correcta y se muestra seguro de sí mismo y se limita a explicar en qué consistirá el programa de un curso o las tareas del trabajo a realizar, quienes reciben ese mensaje, ese estímulo, responderán de una manera bastante similar.

Por el contrario, si un profesor o un jefe se presentan de un modo informal, con un lenguaje informal o una actitud adolescente, quizás con el objetivo de acortar la distancia que existe entre el profesor y el alumno o el jefe y el empleado, probablemente generará una respuesta emocional acorde por parte de sus alumnos o empleados.

Cada persona es única y también lo es su nivel de comodidad. Hay personas que se sienten más cómodas con relaciones más formales y otras que se sienten más cómodas con relaciones informales. Pero lo importante es que tanto en las relaciones formales como en las informales, las personas tienden a dejar traslucir sus expectativas, sus temores, sus dudas, sus conocimientos, sus desconocimientos, etc. Y lo mismo ocurre con sus emociones. Un profesor o un jefe pueden presentarse de un modo formal o informal y aún así puede exponer subliminalmente su estado de ánimo, sus fortalezas, sus debilidades. Este estado de ánimo, estas fortalezas y estas debilidades son captados pasivamente y muchas veces, de manera inconsciente, por los alumnos o empleados que están prestando atención a lo que dice su interlocutor.

Como los estados de ánimo y las emociones no son estáticas, sino que son dinámicas y fluyen constantemente, las personas tienen distintos estados de ánimo o distintos estados emocionales al emitir un mensaje y al recibirlo. Los profesores o los jefes, independientemente que sean formales o informales, no siempre tendrán el mismo estado emocional. Ellos también se ven afectados por el entorno que los rodea, y por ende, pueden dar una clase o explicar una tarea de buena manera, un día, y de mala manera otro día. Y como es de suponer, lo mismo ocurre con los alumnos o empleados que reciben estos mensajes y responden a ellos.

Con frecuencia nos ocurre que una misma situación o una misma noticia la tomamos de una manera en algunas ocasiones y de otra muy diferente, en otras ocasiones. Esto se debe a las fluctuaciones de nuestro propio estado emocional. El medio que nos rodea nos afecta y puede impactar y modificar nuestras respuestas emocionales de manera positiva o negativa, y en algunos casos, puede no tener efecto alguno.

Para poder manejar mejor nuestras respuestas y nuestro propio estado emocional, es importante comprender y analizar por un instante cómo y cuál es el estado emocional de las personas que conforman nuestro entorno inmediato. Ese profesor, ese jefe, ese amigo, ese padre o ese hijo que hoy nos habla de esta manera, ¿cómo se siente?… ¿qué le pasó, inmediatamente antes de hablar con nosotros?… Si nos detenemos un momento a observar la conducta y analizar el lenguaje corporal de quien nos habla, podremos descubrir muchas claves sobre su estado emocional. Incluso si prestamos atención a cómo reaccionamos nosotros cuando esa persona nos habla, también descubriremos signos y síntomas de su estado emocional, como también del nuestro.

Conforme desarrollamos una percepción más aguda del estado emocional del entorno y del propio, aprendemos a decodificar mensajes ocultos que nos revelan mucho más acerca de las personas con quienes nos relacionamos, diariamente, en los distintos ámbitos de nuestra vida: ¿Les caemos bien o mal a los demás? ¿Quién me habla se siente seguro de sí mismo o se muestra como una persona insegura? ¿Nos sentimos a gusto con las personas que forman nuestro entorno emocional? ¿Ellas se sienten a gusto con nosotros?

Cuando tenga oportunidad, pruebe observar a las personas que forman parte de su entorno e intente hacer un registro mental breve de los distintos estados emocionales de su interlocutor o interlocutores y de sus propios estados emocionales.

Necesidades Emocionales

Como algunas personas saben, la famosa pirámide de las necesidades del hombre es la conocida pirámide de Maslow. Abraham Maslow, psicólogo humanista estadounidense, desarrolló la pirámide de las necesidades básicas humanas que nos permite comprender algunos de los problemas emocionales que suelen sucitarse como consecuencia de no poder satisfacer, en alguna medida, algunas de estas necesidades.

Maslow clasificó las distintas necesidades del hombre en las siguientes categorías:

  • Necesidades fisiológicas: son las necesarias para sobrevivir y mantener la salud física, por ejemplo, alimentarse, dormir, bañarse, tener relaciones sexuales, etc.
  • Necesidades de seguridad y protección: se refieren a la seguridad física, por ejemplo, tener un hogar dónde vivir, un empleo para poder mantenerse, una familia, un sentido de propiedad y pertenencia.
  • Necesidades sociales o de afiliación: están íntimamente ligadas con las emociones, se incluyen en esta categoría las relaciones interpersonales, con los amigos, la familia, la pareja, son relaciones en las que los afectos juegan un rol preponderante.
  • Necesidades de reconocimiento o autoestima: hacen referencia al reconocimiento social, el “hambre” de tener éxito y ser reconocido por el trabajo que se realiza. Este reconocimiento refuerza y apuntala la autoestima, la confianza en uno mismo y el sentido de valor personal.
  • Necesidad de autorrealización: Las personas que se sienten enteramente satisfechas con sus logros, viven una vida plena y desarrollan libremente su creatividad, siendo más felices y espontáneas. Aceptan los hechos, sin prejuzgar, se adaptan y aceptan la realidad tal cuál es.

Idealmente, las personas debiéramos poder satisfacer todas estas necesidades básicas humanas. Pero, en algunos casos, hay personas que enfrentan muchas dificultades para satisfacer las primeras necesidades (fisiológicas, de seguridad y protección). Cuando no tenemos empleo, o en el caso de los niños, cuando no tienen una familia que les proporcione alimento y techo, difícilmente se puede pensar en desarrollar una autoestima saludable.

Lo mismo ocurre cuando las necesidades fisiológicas y de seguridad están satisfechas, pero no así las necesidades sociales. Todas las personas necesitamos afecto e interactuar social y emocionalmente con otras personas. Los seres humanos somos seres sociables y gregarios, por naturaleza. Cuando una persona tiene dificultades en algunas de las tres primeras categorías de la pirámide de Maslow, difícilmente puede sentirse satisfecha con su vida.

Ante la imposibilidad de satisfacer algunas de las necesidades ya mencionadas, surgen problemas emocionales típicos como la depresión, los bloqueos emocionales y la alienación.

Para lograr una autoestima saludable, es importante satisfacer adecuadamente las necesidades fisiológicas, de seguridad y sociales o emocionales. Ellas constituyen la clave de una fundación sólida para un desarrollo emocional saludable.

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