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Al pan, pan y al vino, vino

tenderness

Hay conceptos que se confunden fácilmente. Por eso, quien tiene claridad de pensamiento, tiene también una ventaja adicional: puede llamar las cosas por su nombre, o dicho de otra manera, no confunde ciertos conceptos clave.

Por ejemplo, una cosa es una explicación y otra distinta es una justificación.  Cuando explicamos algunas de las causas de abuso emocional, solemos citar una infancia abusiva. Algunos abusadores han sido víctimas de abuso durante su niñez, o han sido testigos conscientes o inconscientes de incidentes de abuso (emocional, físico, etc.)  Ésta es una de las muchas explicaciones de las causas de abuso emocional.

Pero, desafortunadamente, mucha gente confunde esa explicación con una justificación. En primer lugar, no todas las personas que han tenido una infancia abusiva se convierten en abusadores, ni todos los abusadores abusan de los demás porque han tenido una infancia abusiva. Además, sin importar cómo haya sido la infancia de una persona, esa etapa de nuestras vidas pertenece al pasado, a la historia de una persona. No pertenece al presente. La infancia “ya pasó”, ya se terminó. No podemos construir un presente sobre la base de nuestras experiencias de la infancia. Aquellas personas que así lo hacen, son quienes no han madurado y se han quedado a vivir en su niñez de modo permanente.

Por otro lado, una explicación es simplemente una explicación. NO es una justificación. Aun en el caso de que un abusador abuse de otras personas como consecuencia de haber tenido una infancia abusiva, esto NO justifica la conducta abusiva del abusador. Precisamente, la diferencia entre los niños y los adultos es que los adultos tienen experiencia de vida suficiente como para elegir sus conductas de un modo más racional, mientras que el niño las elige de un modo más emocional.

Otro concepto que las personas suelen confundir tiene que ver con el altruismo y el egoísmo. Porque una persona sea altruista, se interese por el bienestar de los demás y sea benévola y dadivosa, no significa que los demás deban actuar consecuentemente.  Con bastante frecuencia, oímos decir: “No entiendo por qué me trata mal, si yo siempre le he tratado bien”.  Que una persona sea “buena gente” no obliga a los demás a seguir su ejemplo o compartir su natural empatía. Y cabe destacar que aquí no estamos abriendo un juicio de valor. Simplemente, estamos exponiendo conceptos y ejemplos.

Los juicios de valor y la mera exposición de los hechos son, también, otros dos conceptos que la gente confunde, habitualmente. Al hacer un informe, en un estudio de observación objetiva, por ejemplo, sólo se relatan los hechos. No se da una opinión personal. Pero, a veces, hay personas que lo toman como un juicio de valor y tergiversan el sentido original de la exposición.

En la lengua castellana, se suele estudiar los diferentes tipos de discurso: descripción, narración, exposición, argumentación, etc.  Pero, normalmente, en la vida diaria, las personas no diferencian entre estos tipos y allí es dónde comienzan las discusiones estériles y los malos entendidos.

En pocas palabras, no es lo mismo explicar una conducta que justificarla. No es lo mismo el concepto de altruismo y las emociones propias que compartimos con los demás, que el concepto de altruismo y las emociones que los demás tienen intención de compartir con nosotros. Los errores de concepto, los errores de criterio, suelen ser errores que impiden una comunicación eficaz, no sólo verbal, sino también emocional.

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nosotros

¿Quiénes son, en realidad, nuestros pares?

Nuestros pares son aquellas personas que, aunque a veces nos resulten extrañas o foráneas, comparten nuestros mismos valores esenciales. Nuestros pares son también quienes pertenecen a nuestro mismo grupo socio-cultural. Y aquí es necesario detenernos a analizar un minuto la definición de este grupo.

En la actualidad, el mundo se ha tornado bastante superficial y materialista, por lo que es común observar que algunas personas hablan de grupos socio-culturales en virtud de su nivel económico. Aunque parezca insólito, el dinero no tiene mucho que ver con el “estatus social” o con el nivel cultural de una persona. Muchas personas que han amasado importantes fortunas, no son -necesariamente- “cultas”.

Esto no es malo ni bueno, es simplemente una realidad.

En la búsqueda de nuestros pares, solemos buscar más allá del nivel económico de una persona, aún cuando ésta sea una característica importante -o no- para quién está en la búsqueda.

Pertenecer a un mismo nivel socio cultural significa que podremos hablar con nuestros pares de igual a igual, dentro de un mismo nivel de comodidad, compartiendo un conjunto de códigos comunes que le confieren a esa relación una identidad particular.

A veces, encontramos puntos de afinidad con otra gente. Por ejemplo, podemos encontrar cosas en común incluso con quienes no son nuestros pares, sino personas diferentes de nosotros, con diferente estilo de vida, diferentes gustos, etc. Y al decir “diferente” no estamos implicando una connotación comparativa como “mejor” o “peor”. Estamos diciendo, literalmente, que hay diferencias. No hay nada de malo en ser diferentes, de hecho, el mundo es un gran mosaico de diferencias. Hay diferencias de opinión, de creencias, de estilos de vida, culturales, políticas, religiosas, etarias o generacionales, intelectuales, etc.

El hecho de que a veces encontremos puntos en común con personas diferentes, no significa que esas personas sean nuestros pares, y a veces, a la hora de elegir una pareja, muchas personas confunden esto y acaban por relacionarse temporalmente con personas que no eran sus pares.

Un “par” es alguien que está en el mismo plano en que uno se mueve. Por ejemplo, si una persona tiene preferencia por un estilo de vida al aire libre, y vive practicando deportes, es más natural que sus amistades (su grupo íntimo de amigos) y su pareja, compartan en cierto grado, ese tipo de actividades.

Una persona puede tener en común con otra un gusto musical determinado, pero quizás no compartan su ideología política o religiosa. Son personas diferentes. No son “pares”. Son “dispares”, si se quiere llamarle de alguna manera.

Difícilmente una persona netamente intelectual se sienta inclinada a formar una pareja con una persona que no comparte el mismo tipo de intereses. Y, como dijimos antes, estas diferencias no implican que una persona sea mejor o peor que otra, sólo implica que son diferentes. Estas diferencias pueden tener un grado de compatibilidad, que a la vez, puede ser temporal o permanente. Pero lo esencial, es que con nuestros pares, compartimos los mismos valores, más allá de las diferencias.

Como seres gregarios que somos, los humanos tendemos a integrarnos a los distintos grupos sociales, de maneras más o menos flexibles. Si bien podemos compartir cosas de manera temporal o más permanente, conforme crecemos y cambiamos, es normal que también cambiemos el concepto de quiénes serán nuestros pares.

Así, no todas las personas conservan las mismas amistades a lo largo de su vida, e incluso tampoco conservan siempre las mismas parejas. Nuestras preferencias y, por qué no, nuestros valores también, van cambiando con el tiempo. Los procesos de cambio son complejos y las personas con las que elegimos compartir determinados momentos de nuestras vidas, tienen mucho que ver con la búsqueda de nuestros valores, algo que se ve reflejado, con frecuencia, en la búsqueda de nuestros pares.

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Manipulaciones Ocultas

marioneta

Los manipuladores (hombres o mujeres) suelen tener distintos grados de sutileza a la hora de actuar e involucrar a las personas en sus juegos psicológicos. El Dr. Stephen Karpman, creador del famoso Triángulo Dramático de Karpman, explicaba claramente cómo se relacionaban las personas intercambio los tres roles principales de los juegos psicológicos: Perseguidor, Víctima y Salvador.

Es muy común, en las relaciones de pareja y en las relaciones familiares, que las personas que juegan roles de víctima, sean en realidad, manipuladores encubiertos. Sabia y graciosamente, este tipo de rol ha sido descrito en la literatura, en las series humorísticas de televisión, en el cine, en las novelas, etc.  Uno de los personajes más cómicos, que seguramente todos recordamos con cariño, aparecía en una famosa tira mexicana diciendo una frase célebre: “Oh, y ahora, ¿quién podrá salvarme?”

Pero en la vida real, hay muchas personas que, de alguna manera, eligen no crecer, no madurar, y no dudan en manipular a otras personas (con vocación de “superhéroe”) para que tomen las decisiones que estas pequeñas víctimas-manipuladoras prefieren no tomar.

Al igual que un niño acude llorando a su padre o su maestra de escuela y dice “Fulanito se burló de mí”, muchos adultos utilizan este viejo recurso para manipular a otros adultos con el fin de que vayan a  dar la cara por él, se peleen con los demás por él, etc.  Cuando una persona adulta no pone límites y espera que los demás le “salven el pellejo”, está manipulando a los demás de una manera muy injusta. ¿Por qué una persona tiene que pelear con los demás, considerando que el verdadero  manipulador (víctima) no hace por sí misma?

Cuando nos relacionamos con los demás, tenemos que poner especial atención al tipo de persona que tenemos en frente. Si es una persona inmadura, que no puede o no desea crecer y poner límites, nosotros no podemos hacer el papel de “ogro” y salir a pelearnos con el resto del mundo en nombre de quién se quedará cómodamente sentado en su casa, viendo cómo nosotros nos sacrificamos por salvarle.  Simplemente, no es justo.

En las parejas saludables hay dos personas que acuerdan respaldarse y defender la pareja de mutuo acuerdo. Cuando uno de los integrantes de la pareja es quien hace todo el trabajo, mientras el otro es débil y sólo observa  (o se queja), la pareja no sólo es despareja e injusta, sino que no es saludable.

El Dr. Eric Berne, en su libro “Juegos en que Participamos” también explica los diferentes tipos de juegos psicológicos en que se involucran las personas.  Estos juegos tienen la “ventaja” (una ventaja aparente) de evadir la realidad. Las personas que participan en juegos psicológicos evaden la realidad, evitan madurar, evitan enfrentar el hecho de que su relación no es saludable o de que su pareja no es justa, madura, sincera, etc.

Los juegos psicológicos comprenden interacciones ocultas, plagadas de mensajes subliminales y dobles mensajes. No son interacciones sinceras, no establecen relaciones honestas y el único “beneficio” es el de no madurar, no crecer, no asumir ciertas responsabilidades, no ver la realidad tal cuál es, etc.  A veces, la realidad puede ser muy dolorosa y las personas prefieren continuar jugando juegos psicológicos, pero en otros casos, las personas aprenden acerca de estos juegos destructivos y dejan de participar en ellos.

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¿De quién es la culpa?

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Cuando surge un conflicto solemos centrarnos en el eterno problema de  la responsabilidad o la culpa. Intentamos, una y otra vez, determinar de quién es la culpa (generalmente, ponemos la culpa en la otra persona), en lugar de centrarnos en el problema en sí.

La responsabilidad frente a un conflicto, a veces puede ser discutible.  “Yo no hubiera hecho o dicho esto, si tú no…”, etc. A la hora de buscar culpables, las personas ponen todo su empeño y hacen un esfuerzo desmedido con el fin de quedar libres de culpa y cargo o de dejar bien claro, quién ha sido el verdadero culpable del conflicto. Pero, no siempre hay un culpable que se pueda detectar sin lugar a duda alguna, o una persona que sea 100% culpable de un problema. En algunos casos, la culpabilidad suele estar repartida entre las personas involucradas en el problema, o puede ser ambigua, o no ser muy clara.

Pero, más allá de buscar un culpable frente a un problema, lo que la mayoría de la gente pierde de vista, es que lo que realmente importa es la esencia del problema o del conflicto en sí. Si en lugar de centrarnos en el posible o supuesto culpable del problema (mi jefe, mi pareja, o mis padres), nos centráramos en el problema real (estoy siendo maltratado psicológicamente) entonces podríamos comenzar a resolver el problema.

Muchas veces, oímos decir cosas como: “Mi jefe me grita, a pesar de que yo cumplo con mi trabajo, pero él es muy desconsiderado y yo trato de explicarle las cosas, pero no me oye”, o también, cosas como: “Mi pareja me miente, me promete que cambiará, pero siempre vuelve a hacer lo mismo, aún cuando yo lo (o la)  perdono e intento hacerle comprender que está equivocado (o equivocada)”…  En estos casos, el énfasis no está puesto en el problema, sino en el “culpable” de nuestras penurias.

Si bien es cierto que las víctimas de abuso emocional (o maltrato psicológico) no son culpables de las conductas abusivas de quienes les maltratan, es importante que las víctimas de abuso comprendan que los abusadores emocionales sólo cambiarán si así lo deciden, independientemente de que sean los verdaderos culpables del maltrato psicológico.

Pero, volviendo a la esencia del problema, lo fundamental es comprender cuál es el mecanismo y la esencia del problema. En los casos citados anteriormente, el problema es: “un jefe que comete abuso de autoridad y humilla a un empleado” y “una persona egoísta e inmadura que no puede funcionar correctamente en una relación de pareja”.

Cuando dejamos de centrar nuestra atención en “los culpables” y comenzamos a analizar la esencia de un problema en sí, su estructura, su base o fundamento, es cuando podemos comenzar a comprender y resolver ese tipo de problema o conflicto. No se trata de una postura personal frente a un conflicto, no se trata tampoco de lo que otra persona hace o deja de hacer, se trata de un problema que tiene “nombre y apellido”. Recién cuando comenzamos a comprender y conocer el problema, podemos modificar nuestra actitud y alejarnos las personas conflictivas que nos complican la vida.

Si nosotros no ponemos límites saludables, es poco probable que los demás lo hagan, especialmente cuando se trata de personas inmaduras que atropellan los derechos de los demás.

Por esta razón, no importa de quién es la culpa, lo que importa es ¿cuál es el verdadero problema?

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Opciones

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En la mayoría de los países y culturas, los seres humanos tenemos distintas opciones. Tenemos ciertas libertades. La libertad de elegir, por ejemplo.

Podemos elegir hacer el bien o hacer el mal, podemos elegir vivir en el rencor y el resentimiento o seguir adelante con nuestra vida, perdonando o no, olvidando o no, pero podemos continuar construyendo nuestra vida de un modo positivo, en lugar de elegir vivir de un modo negativo.

Para ello es necesario identificar los factores internos y externos que detonan los acontecimientos que ocurren en nuestras vidas. Pero, ¿podemos controlar siempre nuestras emociones?

Si bien todos tenemos la capacidad de elegir y optar por reaccionar de determinada manera (positiva o negativa), también es cierto que la espontaneidad existe.

En su artículo, “Control de la Memoria Emocional”, el Dr. Joseph Carver explica, claramente, cómo podemos manejar los recuerdos archivados en nuestra memoria emocional. Su técnica permite modificar nuestra respuesta emocional. Nos permite, también, elegir una opción más saludable, vivir una vida más positiva.

De un modo similar, el Dr. Stephen Covey, en su “Principio 90/10″ nos explica cómo el 10 por ciento de lo que nos ocurre es externo a nosotros y el 90 por ciento restante es lo que provocamos con nuestras reacciones o respuestas.

Aquellas personas que viven en países o culturas que respetan las libertades individuales y que no han sufrido ningún tipo de “lavado de cerebro”, tienen la opción de elegir reaccionar positiva o negativamente, tienen la opción de construir su vida y hacer el bien, ayudando a los demás, o bien, pueden optar por destruir su vida, dejarse guiar por el rencor, el odio, la ira, las frustraciones, y hacer el mal, perjudicando a los demás.

Son opciones. Cada uno es responsable por las elecciones que hace en su vida y cómo elige relacionarse con los demás. Pero, ninguna persona puede responsabilizarse por la conducta de otra persona.

Es muy común, en los casos de maltrato psicológico o abuso físico, que las víctimas suelan sentir “culpa”. Las víctimas no son responsables por las conductas nocivas o destructivas de los abusadores. Las víctimas de abuso emocional o físico, entre otros tipos de abuso, sólo son responsables por sus propias decisiones. Por esta razón, es importante que las víctimas de abuso comprendan que sólo ellas puedan cambiar el rumbo de sus propias vidas. Es muy posible que no puedan cambiar la conducta de un abusador, pero sí pueden cambiar la conducta propia y su actitud frente a la vida, y elegir vivir una vida mejor.

Optemos, entonces, por vivir una vida más saludable. Construyamos una vida propia positiva y aprendamos a vivir mejor, eligiendo mejores opciones.

Para leer el artículo: Control de la Memoria Emocional, del Dr. Carver, haga clic aquí.

Para ver la presentación del Principio 90/10 del Dr. Covey, haga clic aquí.

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