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No quiero escuchar

Querer ayudar y no poder es una de las frustraciones más grandes que hay. Sólo podemos intentar comprender que cada persona tiene sus propios tiempos para crecer, para aceptar, para entender y para cerrar ciclos. Cuando alguien no quiere ver o escuchar, quizás sólo sea que no puede hacerlo en este momento; y no hay nada que podamos hacer al respecto.

Muchas veces vemos a nuestra mejor amiga, o amigo, enredarse en una relación enfermiza con un psicópata o con una persona maníaca o que tenga cualquier otra patología. Intentamos aconsejarles bien, tratamos de ayudarles a que abran los ojos y ¿cuál es el resultado? Corren directamente hacia los brazos de quien los envuelve y atrapa en sus telas de araña afectivas, en sus laberintos emocionales, creándoles una codependencia y simbiosis.

Esta persona a quien aconsejamos porque queremos bien, acaba sufriendo un Síndrome de Estocolmo. Cualquier cosa que digamos en contra de quien la tiene atrapada en su redes, será como nuestra propia sentencia de muerte. Cualquier cosa que digamos para prevenir un mal mayor o evitar que nuestra amiga o amigo pase por una dolorsa experiencia, acabará por empujarla hacia esa misma trampa emocional, sin remedio.

Los abusadores emocionales se caracterizan por buscar, como futuras víctimas, a ciertas personas con características muy particulares. Prefieren personas emocionalmente frágiles y con mucha necesidad de aprobación y apego emocional. Son presas fáciles. Y la codependencia que generan es tan sutil, al comienzo, y de tal intensidad, que acaban por someter y subyugar a sus víctimas de manera que parezca una decisión voluntaria por parte de ellas. Fascinan, enamoran y despiertan admiración.

Con el tiempo, se establecen vínculos simbióticos tan patológicos que las víctimas acaban desarrollando una posesividad obsesiva sobre el abusador (es de ellas, les pertenece) y, como si esto fuera poco, acaban despersonalizándose. Ya no les interesa tener su propia personaliza, ser un individuo único, quieren ser como su abusador, quieren ser él.

Cualquiera que tenga un poco de humanidad y pueda ver este tipo de problema a corto plazo, empatizará con la víctima e intentará una y mil veces abrirle los ojos o hacerle entender que ha caído en una trampa.

Pero no hay caso, las víctimas no quieren oír que su abusador es un abusador. Lo idolatran, lo admiran, lo endiosan y sienten que les pertenece. Si el abusador es hábil, adulará a su víctima hasta que haya sucumbido a sus encantadoras palabras y ya no quiera siquiera escuchar la voz de su conciencia o su propia razón. Si no es abusador muy hábil, se enrederá bastante en sus propios discernimientos y confundirá más a su víctima, lo que -de todos modos- generará un vínculo patológico con un efecto similar al anterior.

El objetivo de todo abusador es el de controlar a las personas y las situaciones a su antojo. Y el hecho de que una víctima admire a su abusador, sienta las bases para desoír y rechazar cualquier advertencia de peligro que sus seres queridos puedan hacer.

¿Qué hacer en estos casos?

Cuando aconsejar no funciona, no conviene presionar más. Es mejor dejar que la víctima cometa errores y haga su propia experiencia, por muy dolorosa que sea. Simplemente, podemos decirle que si nos necesita, allí estaremos. Eso es todo. No se puede hacer mucho más. Se puede aconsejar, sí, que haga terapia, pero no se puede obligar a nadie a hacer terapia.

Cuando una víctima no quiere escuchar consejos, lo mejor es no insistir y mantener una distancia prudente para que los roles no se inviertan. Porque, a veces, las víctimas acaban por ver un abusador en aquél amigo o amiga que los aconsejaba bien y un aliado en el verdadero abusador.

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