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Egoísmo y Egocentrismo

ESCHER3

Veamos un poco las diferentes definiciones y ramificaciones de estos términos.

Egoísmo – (Tomado de Wikipedia).

En general, el egoísmo, del griego ego [yo] e ismo [doctrina o práctica], se define como aquella conducta consistente en poner los intereses propios en primer lugar, lo contrario al altruismo. En particular, el término egoísmo puede hacer referencia a:

Ciencia

  • Egoísmo biológico -noción de biología evolutiva
  • Egoísmo psicológico -teoría sobre la conducta humana autointeresada y no realmente altruista

Filosofía

  • Egoísmo moral -concepto filosófico que postula el autointerés como ética
  • Egoísmo racional -concepto filosófico que estima el autointerés razonado

Problema de conducta

  • Egocentrismo -sobrevaloración de la importancia uno mismo
  • Conducta Asocial -excesivo desinterés o ausencia de interés por los demás

Ahora bien, al enfocarnos sobre el egoísmo y el egocentrismo como características conductas psicológicas, encontramos ciertas cualidades que son comunes a ambos términos.

Las personas egoístas y/o egocéntricas, tienen dificultades para desarrollar sentimientos genuinos de empatía o consideración por los demás. Son personas que no logran ampliar su perspectiva y cuyo mundo se limita a sus propias ideas y necesidades. Cualquier otra necesidad o realidad fuera de la de ellos - o bien, cualquier otra persona que se interese altruistamente, por el bienestar y las necesidades de los demás- es visto como algo subversivo.

Intentar hablarle a una persona egoísta y/o egocéntrica desde un punto de vista humanitario, es como tirarles margaritas a los cerdos. Vale decir, es totalmente en vano.

A la persona egoísta no le interesa conocer cuáles son las necesidades de otras personas. No quiere enterarse del sufrimiento ajeno.  Vive para sí mismo y se aísla del mundo externo en un intento por protegerse de cualquier problema ajeno que pudiera llegar a afectar su vida.

Si bien es bueno que las personas puedan crearse su propia “burbuja” protectora, para que los problemas ajenos no les afecten, también es nocivo aislarse del mundo y negar la realidad: particularmente, cuando esa realidad tiene que ver con uno mismo.

No es lo mismo no involucrarse en los problemas de “la madre de Juanito, el sobrino del dueño del almacén de la cuadra dónde vive mi tía”, que preocuparse por los problemas de nuestros familiares directos (padres, hijos, hermanos, abuelos, etc.)

Las personas emocionalmente saludables no tienen problema para establecer límites saludables y saber cuándo corresponde preocuparse por un problema determinado, y cuándo es saludable abstenerse de participar en los problemas ajenos.

Así como las personas obsesivas se preocupan excesiva y desmesuradamente por todo, lo que incluye todos los problemas ajenos, sin importar cuál sea su dimensión; las personas egoístas y/o egocéntricas, evitan todo tipo de preocupación genuina por las dificultades y necesidades de los demás, lo que incluye los problemas y las necesidaades de las personas más cercanas de su vida.

El “egoísmo positivo” de nuestros tiempos explica, precisamente, esto.  Habla de cómo una persona puede interesarse y amar genuinamente a los demás, sin involucrarse excesivamente en problemas tortuosos de manera que afecten su funcionamiento diario. Podríamos decir que el egoísmo positivo es la conducta saludable que está a mitad de camino entre la dependencia emocional de las personas obsesivas y el egoísmo y desinterés puro de las personas egocéntricas.

Thomas Hobbes apoyaba la teoría de que el egoísmo es una “conducta antisocial, autointeresada, que niega la existencia del verdadero altruismo”. El egoísta no quiere saber nada de conductas altruistas y desinteresadas. Le duele compartir o ayudar, y cuando lo hace, lo hace con mucho sacrificio y contra su voluntad.

Por otro lado, el egocentrismo, no es sino una sobrevaloración de la propia persona y de sus propias ideas. Así, el egocéntrico, piensa que es el dueño absoluto de la verdad, o que siempre tiene la razón, no tiene en cuenta las opiniones ajenas, y se frustra fácilmente cuando no logra sus metas o cuando las personas no cumplen sus órdenes.

Las personas egoístas y las personas egocéntricas no logran ponerse en el lugar de los demás.  Cuando, aparentemente lo hacen, sólo lo hacen superficialmente, sin sentir empatía ni estar en sintonía con los sentimientos ajenos.

¿Es posible desarrollar una auténtica empatía sin permitir que los problemas ajenos nos afecten y alteren nuestra vida y nuestra paz interior?

Sí, se puede, perfectamente.

Lo que hace falta para lograr esto es que la paz interior propia sea verdadera y profunda, en lugar de superficial y temporal. Si nuestra paz interior y nuestra seguridad y autoconfianza están basadas en cosas materiales y externas, entonces es difícil que podamos atender y entender los problemas ajenos, mostrando empatía, y sin quebrarnos o que nos afecte nuestro equilibrio emocional.

Cuando nuestra auto confianza, nuestra paz interior y nuestro equilibrio emocional son auténticos y profundos, entonces podemos preocuparnos por los problemas ajenos, sin que estos alteren nuestra vida.

A veces, las personas niegan la realidad, o una parte dolorosa de la realidad, para evitar sentimientos conflictivos. Los conflictos, los problemas de cualquier tipo y el estrés, no se evitan negando la realidad y mudándose a un mundo lejos del mundo real. No se evitan refugiándonos dentro de una burbuja dorada. Se evitan enfrentándolos, dándoles la cara en lugar de la espalda, aceptándolos como son, en toda su complejidad, y aceptando que uno no siempre puede solucionarlos.

La aceptación de los problemas, propios y ajenos, como también de nuestras limitaciones y las limitaciones de los demás, es lo que en realidad nos libera del hecho que los problemas nos afecten y quiebren nuestro equilibrio emocional.

Comprender y aceptar que no todo el mundo va a reaccionar y actuar o responder como uno espera que lo hagan, es ampliar los horizontes de nuestro mundo interior y comenzar a tener en cuenta que los demás también existen; es aprender a diferenciar entre lo que uno puede controlar y lo que no; es aprender a aceptar que los demás también tienen necesidades y que no es nuestra culpa ni nuestra obligación solucionarlas, pero que sí podemos sentir empatía y compasión humana por esas personas.

Muchas veces, las personas que viven limitándose a su mundo, aparentemente perfecto, suelen quebrarse al menor incidente que les cause mucho estrés o un dolor importante en sus vidas.

Una persona que nunca ha tenido problemas económicos, por ejemplo, podría deprimirse profundamente si, de pronto, se quedara sin empleo y una fuerte crisis económica le hiciera perder todo lo que tiene. Las personas que viven vidas casi ideales, pierden un poco de vista que la realidad del resto del mundo, no es tan perfecta ni ideal como la que ellos viven.

Y ésta es principalmente la mayor dificultad que tienen las personas egoístas o egocéntricas. Están tan inmersas en su propio mundo, casi inmaculado, que al menor indicio de conflicto, se quiebran.  Y como ya habrán adivinado, la culpa no es de ellos, sino de los demás. Son los demás quienes no les comprenden, son los demás quienes son egoístas y egocéntricos, etc., porque, en definitiva, el egoísta siempre tiene la razón.

Por el contrario, las personas psicológicamente saludables y equilibradas, si bien pueden reaccionar defectuosamente ante una inesperada situación de crisis, también suelen volver a sus cabales y reestablecer los vínculos con los demás, tendiendo una mano a quien lo necesita y dejando de lado sus propios problemas.

Las personas emocionalmente saludables saben que no son infalibles, saben que no son perfectas, admiten que pueden equivocarse o reaccionar mal ante una situación crítica, pero luego se disculpan y corrigen sus errores. Los individuos egoístas y egocéntricos jamás se disculpan, jamás admiten que se equivocaron, y como si fuera poco, suelen castigar a los demás por no ser como ellos querían que fuesen o por no reaccionar como ellos esperaban que reaccionaran.

El egoísmo y el egocentrismo pueden corregirse o solucionarse sin mayores problemas, pero requieren de la buena predisposición de la persona egoísta o egocéntrica y de su voluntad por aceptar que las cosas son como son y no como a ellos les gustaría que fuesen.

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